Una hora. Una hora parados en el aeropuerto de Gatwick, eso fue lo que
tardó el avión en aparcar, atracar, amerizar o como quiera que se diga.
Una hora, unida al tiempo que tardamos en recoger las bicicletas, pasar
los controles aduaneros, conseguir libras, montar las bicis..., nos hizo
comenzar nuestra aventura a eso de las 12.30 h. Salir del aeropuerto en
bici fue algo así como una tortura, teniendo que recorrer numerosos
tramos a pie por la peligrosidad de los accesos a dicho aeropuerto.
Cuando apenas llevábamos rodados unos 15 o 20 kms, ya era la hora de
comer, por lo que nos aprovisionamos en un típico Fish&Chips de las
afueras de Crawley. Así que eran las 14.30 h y aún nos quedaban 70
largos kms para llegar a nuestro destino en Ashford. Rodar por las
carreteras del sur de Inglaterra es bastante molesto, no disponen de
carril bici, ni de arcén, los automóviles suelen guardar la distancia de
seguridad pero no siempre. A eso de las 17.30 h, con unos 60 kms
recorridos, la luz era mínima, el cielo nublado y nos planteamos que la
situación podía complicarse si se nos hacía de noche en unas concurridas
carreteras sin arcén. Decidimos desviarnos al pueblo mas cercano,
Cranbrook, en busca de un lugar para dormir. Cranbrook es un minúsculo
pueblo de apenas unas decenas de casas, una iglesia gótica que desde un
montículo domina todo el pueblo y un único y precioso hotel-taberna(
digno de la película Local Hero) que para nuestra desgracia estaba
totalmente ocupado. Para colmo, comenzó a llover, y la recepcionista del
hotel nos vio tan desamparados que nos indicó que preguntáramos en la
iglesia por si podían dejarnos dormir bajo techo. La iglesia estaba
cerrada, y ya nos veíamos durmiendo bajo la lluvia en el cementerio del
pueblo. Ante tan desolador panorama, decidimos montar las luces y hacer
un ultimo esfuerzo para llegar a Hawkhurst donde internet nos decía
había un acogedor hotel disponible. Hawkhurst se alejaba de nuestra
ruta, pero tras unos 20 kms de carreteras rurales con interminables
rampas llegamos a Hawkhurst al limite de nuestras fuerzas. Por lo menos,
finalizamos el día bajo techo y dándonos un homenaje en la cena que
compensó todas las penurias del día.
Tras un suculento English Breakfast, con sus judías con tomate (nunca
penséque podían gustarme) y un espectacular bacon ( nada que ver con el
que comemos en España) , comenzamos la segunda etapa que tenía el
siguiente reto, debíamos llegar a Dover a tiempo de coger el último
ferry del día, el cual nos llevaría a Calais. Tras una mañana rodando
rodeados de granjas, ovejas y preciosas vistas llegamos a Canterbury.
Carterbury, sencillamente alucinante. Sus calles peatonales, su
magnífica catedral, sus encantadores comercios y un ambiente festivo y
acogedor que nos hizo penoso pensar que después de comer debíamos
marchar hasta Dover. A eso de las 16.30 h arrancamos rumbo a Dover. Este
tramo, de nuevo transcurrió por la campiña del sur de Inglaterra,
haciéndose bastante duro por sus continuas ondulaciones, en un continuo
sube y baja que dejaban las piernas como un trapo. Atardeciendo llegamos
al puerto de Dover donde tras diversos trámites administrativos
embarcamos en el ferry que nos llevaría de vuelta al continente. Tras
una hora y media de cómoda navegación llegamos a Calais, noche cerrada,
instalamos las luces, atravesamos el barrio portuario y llegamos a
nuestro paupérrimo hotel. Con la mitad de las letras del rótulo apagadas
y aspecto tabernario, propio de una película de serie B, nos asignaron
una minúscula habitación donde para ir al baño hab&ía que saltar por
encima de las bicis( a ver quien era el guapo que las dejaba en la
calle).
Tras un magnífico desayuno en una típica "boulangerí" del centro de
Calais, arrancamos la etapa mas larga del viaje. Un resplandeciente sol
nos acompañó por toda la costa francesa, totalmente llana y con un
cómodo carril bici, algo que agradecimos después de la experiencia
británica. Pasado Dunquerque, paramos en un Carrefour de Bray-Dunes,
donde por unos 8 euros comimos los tres. El menú estaba compuesto por
unas bandejitas con pollo asado y patatas, regadas con una sublime
Coca-Cola. íbamos a continuar la ruta cuando decidimos hacer una parada
en la playa de Bray-Dunes. Las playas del norte de Francia, son
inmensas, no demasiado saturadas de gente y de una arena dorada que nos
causó un efecto maravilloso en nuestros castigados pies. La hora escasa
que pasamos holgazaneando tirados en la arena de Bray-Dunes constituyó
uno de los momentos a recordar de todo el viaje. Con mucho pesar
reanudamos la etapa, entrando en un nuevo país en 3 días, Bélgica.
Cuando las fuerzas empezaron a escasear paramos en un solitario bar de
carretera, donde con estupor vimos en la televisión las imágenes del
atentado de Niza del dia anterior, donde un camión arrollaba sin
compasión la vida de 85 personas. Conmocionados, continuamos camino
hasta la esplendida Brujas, habíamos recorrido nada menos que 129 kms.
Brujas merecía una parada. Dedicamos todo la mañana a recorrer sus
calles, disfrutar de sus canales y sus concurridas plazas. Una ciudad de
cuento donde disfrutar de un café mientras se deja pasar el tiempo. De
los mil rincones para perderse que tiene la ciudad, destacaría el puente
de San Bonifacio y el canal Dijver, dos lugares a los que no se puede
parar de fotografiar una y otra vez. Después de comer la mejor ensalada
cesar de nuestras vidas y un tremendo plato de pasta, decidimos reanudar
el viaje hasta Gante. El trayecto transcurre por un carril bici
paralelo al rio Lys, rodeados de álamos y trinar de pájaros. Una
verdadera delicia que nos acompañó hasta la llegada de Gante. Gante es
una ciudad estudiantil con un precioso centro urbano medieval dominado
por la torre Belfort, el campanario que es la imagen mas representativa
de la ciudad. Gante estaba de fiestas y todo el centro estaba tomado por
miles de personas, así que dejamos las bicis en el hotel y acabamos el
día inmersos en el gentío que inundaba la plaza Korenmarkt.
Posiblemente la etapa más fea que hayamos hecho hasta el momento, con un
carril bici paralelo a una carretera con continuo tráfico de coches y
camiones, un calor asfixiante y un paisaje monótono y aburrido. Lo único
destacable fue la parada en Bruselas. Atravesar los barrios de las
afueras de Bruselas es impactante, uno parece transportarse al norte de
África. Es desconcertante estar en el corazón de Europa y sin embargo,
parecer estar en otro continente. Bruselas, es la Babel europea, con
gentes de cualquier rincón del mundo. Después del atentado ocurrido el
14 de Julio en Niza, Bruselas estaba tomada por el ejército, con pilonas
de hormigón que cortaban el tráfico del centro. Todo ello, con plazas y
calles abarrotadas de turistas, todo un poco extraño. Después de
saborear una fuente mejillones al vapor, plato típico de Bégica, y un
plato de pasta, dejamos Bruselas y volvimos a nuestro árido y aburrido
camino hasta Lovaina. Lovaina es una ciudad estudiantil, ideal para
disfrutar una beca Erasmus, con numerosos restaurantes, cervecerías y
terrazas. Menos mal que después de un día tan duro y caluroso, lo
cerramos en la cervecería artesanal Domus, sin duda la mejor cerveza que
nos tomamos en todo el viaje.
Otra etapa en la misma tónica que la anterior, mas gasolineras, camiones
y calor. Cuando estábamos hartos de bicicleta paramos a comer en un
Lidl, donde compramos una ensalada precocinada, agua, unos bocadillos y
una sandia. Ese era el panorama y allí estábamos, comiendo en la calle,
al sol, un poco hasta las narices de Bélgica. Sin embargo, todo mejoró
llegando a Holanda, donde volvió la vegetación y nos permitió entrar en
Maastricht con la moral algo mejorada. Maastricht, es una pequeña y
acogedora población situada entre dos brazos del rio Mosa. Su aspecto es
sobrio, con calles no muy concurridas, pero francamente agradable.
Cenamos en la plaza de la basíica de San Servasio con aroma a final de
viaje, al día siguiente nos esperaba la etapa final.
Maastricht-Colonia (19/07/2016)
El paisaje había cambiado drásticamente a mejor. Verde por todas partes,
grandes arboledas y prados con sus vacas y todo. Lo peor es que comenzó
en una continua subida hasta prácticamente la llegada a Aquisgrán, ya
en Alemania, el quinto y último país de nuestro viaje. En Aquisgrán,
teníamos interés en ver su catedral. En ella se habían coronado todos
los emperadores alemanes y mandada construir por Carlomagno. Lo
sorprendente fue ver una catedral tan al norte y con un aspecto tan
oriental y bizantino. Verdaderamente bonita. Frente a la catedral había
una típica cervecería alemana, y por supuesto no podíamos dejar pasar la
oportunidad de comer unas fabulosas bradwurst acompañadas de una
generosa jarra de cerveza alemana. Teníamos que continuar y no podíamos
suponer que la etapa se complicaría con más calor e importantes rampas
que nos fueron minando hasta dejarnos las piernas inservibles. Así,
llegamos con más pena que gloria al final de nuestro viaje, Colonia. La
contemplación de la catedral de Colonia es sobrecogedora. Con una altura
impresionante domina toda la ciudad. Colonia es bastante sucia, grande,
impersonal y desordenada, por ello, el día siguiente, que teníamos
libre hasta coger el avión, lo dedicamos, como viene siendo ya una buena
costumbre, en relajarnos en Aqualand, parque acuático de esta ciudad
donde borramos todo el cansancio acumulado en estos maravillosos 7 días.