Cabalgando por Alandalus 2018
Andalucía y Marruecos comparten un estrecho vínculo histórico y cultural a ambos lados del estrecho de Gibraltar, visible en su arquitectura, gastronomía y paisajes. Mientras la región española destaca por su herencia andalusí, el flamenco y el ritmo mediterráneo, el reino alauí cautiva con sus medinas laberínticas, zocos llenos de color y vastos desiertos. Juntos representan un puente milenario entre Europa y el norte de África donde conviven tradición y belleza natural.
Ficha Técnica del Cicloturista & Altimetría
Datos calibrados y certificados sobre el terrenoLas alforjas cargadas hasta arriba, la cadena recién engrasada y esa mezcla clásica entre emoción y la certeza de que tus piernas van a odiarte en un par de días. Así arrancaba la aventura: saliendo de Peligros, dejando atrás el asfalto metropolitano granadino con la vista puesta en el sur profundo y el continente africano al fondo del mapa.
La primera tirada nos llevó rumbo a Alhama de Granada. La aproximación por el poniente granadino es una maravilla de curvas tranquilas, pero el auténtico premio no estaba en la plaza del pueblo, sino abajo, en el fondo del cañón. Llegar a las pozas termales de Alhama con el polvo del camino encima y meterse en ese agua caliente natural es casi una experiencia religiosa. Te quedas flotando mientras el vapor sube por las paredes de roca, preguntándote seriamente si vale la pena volver a montarse en el sillín o si es mejor quedarse a vivir allí como un renacuajo.
Pero el plan mandaba pedalear. Secos a medias y con las piernas todavía un poco blandas del baño térmico, pusimos rumbo a la provincia de Málaga para entrar en Villanueva del Trabuco. Un terreno rompepiernas de los que no salen en las fotos bonitas pero se sienten en los cuádriceps, coronado con una parada obligatoria en la Fuente de los Cien Caños para rellenar bidones a lo grande y zamparse algo contundente. El ritmo de viaje ya estaba dentro del cuerpo: pedalear, comer, buscar sombras y seguir.
De ahí, directos al espectáculo geológico y urbano: Setenil de las Bodegas. Entrar en bici por esas calles encajadas bajo bloques gigantescos de roca impresiona el doble cuando vienes rodando despacio. Las casas literalmente incrustadas en el tajo, la gente tomando cañas casi debajo de la montaña y nosotros sorteando turistas a paso de tortuga para no rayar los cuadros con las paredes de caliza. Un pincho rápido, café bien cargado y a prepararse mentalmente, porque venía el plato fuerte de la sierra.
Tocar la Sierra de Cádiz significaba subir, y subir de verdad. El ascenso hacia Grazalema puso a prueba los desarrollos de la bici y la paciencia con el equipaje. Pero qué puerto. La carretera se retuerce entre pinsapos, piedra caliza gris y un aire fresco que te resetea los pulmones de golpe. Grazalema te recibe blanca, reluciente y con ese ambiente de pueblo de montaña donde todo parece ir a cámara lenta. Tras coronar, la recompensa: un descenso largo, rápido y glorioso, devorando kilómetros hacia el sur mientras el aire de montaña va dejando paso, poco a poco, al olor a salitre.
El tramo hacia Tarifa fue un mano a mano con el viento gaditano, como no podía ser de otra forma. Rodar viendo el Estrecho a la izquierda y África recortándose en el horizonte a apenas un tiro de piedra te da un chute de adrenalina difícil de explicar. Llegamos al puerto de Tarifa con salitre en los brazos, pasamos el control con las bicis a cuestas entre furgonetas camper y nos subimos al ferry.
Cruzar en barco con la bicicleta apoyada en la bodega de carga tiene un punto canalla inmejorable. Menos de una hora después, el portal dimensional se abrió: Tánger.
Bajar de la rampa del ferry y plantarte en el bullicio tangerino con la bici es un caos maravilloso. Pitidos, furgonetas, olor a té de menta, especias y una energía desbordante. Salir de la medina y buscar la costa atlántica requirió reflejos y sonrisas, pero en cuanto enfilamos la carretera hacia el sur, el viaje volvió a su cauce tranquilo.
El tramo final hasta Asilah fue puro disfrute: una carretera abierta rozando el océano, luz atlántica dorada cayendo sobre el asfalto y el ritmo constante de las ruedas rodando sin prisa. Cruzar las murallas blancas y azules de Asilah, apoyar la bici contra un muro encalado junto a los cañones frente al mar y pedir un té humeante con hierbabuena fue el cierre perfecto. Desde el asfalto de Peligros hasta el Atlántico marroquí a golpe de pedal: las piernas molidas, las cubiertas gastadas y la cabeza completamente despejada.
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